Invocada orgullosamente como Patrona de la Isla, el culto a la venerada y amada “Virgen Negra de La Palma”, “ tierna y enigmática escultura ”, es el denominador común que aúna a todos los estratos sociales y su Real Santuario a través de los tiempos, se ha erigido como el principal centro devocional palmero. El Licenciado Pinto de Guisla así lo mencionaba en 1681: “su ermita era el primero y principal santuario de esta ysla, que la tiene por patrona y en las necesidades más urgentes, así publicas como particulares, se recurre a él por el remedio y quando instan las públicas se llevan a la santa ymagen a la ciudad, donde se le da muy decente culto, resibiéndola con la mayor autoridad y deboción que se puede…”. También el alcalde Lorenzo Rodríguez deja constancia el 7 de mayo de 1653 de cómo las casas que están destinadas al alojamiento de los romeros en los aledaños de la ermita de la Virgen de Las Nieves quedaron pequeñas para albergar al gran concurso de gentes de toda la Isla, “por ser esta Santa Imagen el amparo de toda esta isla y de sus moradores y las continuas obras milagrosas que hace Dios Nuestro Señor por su intercesión”.
Esta universal devoción del pueblo palmero ha sido invocada desde tiempo inmemorial en toda clase de conflictos, motivado tanto por erupciones de volcanes, falta de lluvias, inundaciones, plagas de langosta, epidemias, guerras y correrías. La imagen morena ha sido llevada solemnemente en rogativas a todos los municipios recorriendo toda la Isla. El pueblo memorión no olvida aquellos milagros que, desde su niñez le contaron. Nos lo relata Viera y Clavijo en 1776: “de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta; la lámpara que, en una penuria de aceite, ardió incesantemente y aún rebosó; la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646; el otro volcán de 1711 que, a vista de la imagen, se extinguió; y, finalmente, el incendio de la ciudad, el 25 de abril de 1770, que habiendo empezado al tiempo que se retiraba la procesión a su santuario y llevando catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo”.
Esos mismos prodigios fueron relatados por Verneau tras su estancia en La Palma. Informaba también de que “a una corta distancia se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Se dice que ya existía en este lugar una pequeña iglesia antes de que la conquista de la isla fuese terminada. Hoy, gracias a la generosidad de los fieles, la estatua tiene un templo más decente y está cubierta de joyas de un valor aproximado a 10.000 francos. De esta manera, ella no se ha mostrado ingrata y ha pagado con milagros las privaciones que se han impuesto sus adoradores…”
El franciscano Fray Diego Henríquez, en 1714, después de relatar los milagros de la Virgen «Morenita» de La Palma, recuerda cómo “las otras maravillas y beneficio desta prodigiosa imagen, los tullidos, baldados y las otras enfermedades que ha sanado; los despeñados y naufragios de que ha librado; los conflictos y necesidades que ha remediado a los que han implorado su favor y auxilio, las dicen más bien las muletas, pedaços de maromas, cuerdas, pinturas y demas instrumentos que en su iglesia se miran para eterna memoria colocados en las paredes, sin los muchos que se quedan en el olvido sepultados”.
En la Pandecta del Obispo fray Joaquín de Herrera en 1782 se determinaba que si “aconteciere que la vajada de esta milagrosa Ymagen fuere en rogativa, se hará la señal como tal, sin repiques y viniendo procecionalmente, con la letanía de los santos, llegando al Puente inmediato a la Parroquia, sesarán las rogativas (y) se entonará el Te Deum, entrando en la Iglesia con repique y colocada en su trono la Señora, se hará la rogación”.
“Santa Cruz de La Palma ha sentido en sus nobles piedras el aire decantador de los tiempos. Sabe de ataques piratas, de lances de capa y espada, de aventuras gentiles que estrellaron los susurros en las cerradas celosías. Sabe de una Religión que aquí sentó sus raíces y floreció en la América, luminosa y legendaria. Sabe de aventureros y de santos, de poetas y marinos. Allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante PRODIGIO…”
«Pregón, 1970…». Gabriel Duque Acosta
LA VIRGEN Y LOS BENAHOARITAS
La pequeña imagen de la Virgen es consustancial con la vida del palmero. Más de cuarenta generaciones la sostienen en su trono. En torno a él gira todo el proceso de la Isla poblada por benahoaritas, llegados de la Mauritania; conocida desde la antigüedad por los navegantes fenicios; explorada por los mensajeros del Rey Juba II; bautizada por los mallorquines; invadida por los normandos; atraída a la fe por las Misiones Católicas… Muchas leyendas e historias se han tejido en torno a esta pequeña terracota medieval del siglo XIV. En palabras del profesor Pérez Morera: “La majestad icónica y la concentración espiritual que emana de su rostro, esquemáticamente idealizado, refleja lo eterno y sobrenatural. Tal vez a ello se debe la poderosa atracción que ejerce sobre quien lo contempla y la devoción despertada a través de los siglos. Ante sus ojos, ‘rasgados y abiertos que parecen mirar a todas partes', como señala Fray Diego Henríquez, quedaba el pueblo hipnotizado”.
Se cuenta que Bentacayse, hermano de los príncipes Tinisuaga y Agacencie del cantón de Tedote, se salvó milagrosamente de un terrible temporal. No así sus hermanos. La noticia de la tragedia se extendió por toda Benahoare y todos los príncipes mostraron su luto. A partir de esos tristes momentos, el barranco donde sucedió la desgracia se llamó como el hermano pequeño, Agagencio, distinguido entre los pobladores por su trato sencillo y cordial. Al enterarse de lo sucedido, las Misiones Cristianas, que se hallaban en la isla haciendo propaganda apostólica, visitan al príncipe ileso y lo invitan a ir a donde sus antepasados habían depositado la imagen de la Virgen por la que él sentía íntima devoción. Félix Duarte en su obra Leyendas Canarias nos narra: “la alegría resplandece en su rostro y, en vez de sentirse extenuados por las fatigas del trayecto, al llegar a las faldas del monte, se arrodilla ante la preciosa Efigie, en acción de gracias por la salvación del mencey, quien, observando los altos riscos, más blancos que el azahar, prorrumpe: ‘Tener Ife' (que en su lenguaje significa monte blanco), y desde entonces, Santa María de La Palma es llamada Virgen de Las Nieves”.
LA VIRGEN Y LOS CONFLICTOS POLÍTICOS
Las guerras, cuyos desastrosos y criminales resultados estremecen todos los confines de Europa, repercuten terriblemente en España, poseedora del Imperio que jamás el hombre había soñado tener. En la coalición europea contra la Revolución Francesa, el pueblo español se ve obligado a intervenir, “por el suplicio de Luis XVI, la opinión favorable del Gobierno y la contestación dada por los convencionalistas a las protestas del monarca Carlos IV. Ofendido éste por la actitud de Inglaterra, firma con los franceses la Paz de Basilea. Estos reclaman, entre otros territorios, la Isla de La Palma. Sus habitantes prorrumpen por doquier: «¡¡¡Virgen de Las Nieves!!! ¡queremos ser españoles!». Félix Duarte concluye su artículo sobre el particular, refiriéndose al momento en que en La Palma se conoce el acuerdo por el que se concede la parte oriental de la Isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana), en lugar de nuestra Isla, “el jubilo insular es unánime”. Asistimos aquí a otro de los hechos históricos cuyo óptimo desenlace se asocia a otro de los prodigios de la Virgen de Las Nieves, y así ha sido contado de padres a hijos.
En la programación de la Bajada de 1915 se tiene en cuenta la guerra mundial:
“Llegaron esos días, en el año de gracia, en ocasión bien triste para todos, cuando una guerra fratricida y brutal enciende odios y rencores entre los hombres, y roba los medios materiales de subsistencia más legítimos, pero ello no es contradicción a los festejos, que ahincados en la fe y en el buen deseo de que sean lugar para elevar nuestras súplicas a la Reina de los Cielos, tendrán a más del carácter tradicional, religioso y popular de siempre, el especial que este año calamitoso le impone de ser una rogativa más porque reine la paz entre hermanos que, en un momento de locura, olvidaron serlo”. Bermúdez en su obra sobre las fiestas canarias, también nos recuerda que en ese año de 1915 “ se constatan las consecuencias económicas que tiene el conflicto mundial para las islas. Se les da a las fiestas un sentido de ‘rogativa por la paz'”.
LA VIRGEN Y LA MAR
“Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de
Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos de buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento”
En las paredes de la suntuosa ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, “Santuario tan antiguo que no se le conoce ni sabe en esta isla origen y que se han obrado muchos milagros valiéndose de esta Imagen”, cuelgan unos magníficos exvotos marineros en agradecimiento a la Patrona por los beneficios recibidos. A través de las centurias, la Palma ha tenido una dilatada historia marinera. Los hombres de la mar tuvieron por especial protectora a “la Morenita”, a la que imploraron en sus vicisitudes, recordaron en sus peligros y cuya protección buscaron en los naufragios.
Yanes Carrillo nos recuerda en su obra de 1953, Cosas viejas de la mar, cómo en las noches de tormenta y dura tempestad, los marineros repetían aquella invocación, antes de subir a lo más alto de la jarcia, y esto, decían, “les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba”.
Era costumbre que en los veleros llevaran en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves y así le suplicaban: “Madre mía de las Nieves, manda un relámpago para ver donde me agarro”. A la venerada efigie se le imploraba y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo “Madre mía de Las Nieves, ayúdanos”. Algunas naves veleras que cruzan el Atlántico son bautizadas con el nombre de la Virgen milagrosa. Por eso se dice que es una Virgen marinera. Los capitanes de barcos atacados por los filibusteros, que se creen invencibles sobre el mar, imploran su protección. Cumpliendo promesas ofrecidas cuando el peligro les amenazaba, muchos de ellos, como recuerda Félix Duarte, llegan a “postrarse a sus pies, viendo en sus ojos divinos una escala de ternura y de amor, por la cual los espíritus cristianos, en sus horas de júbilo, vislumbran una anticipación de los éxtasis que disfrutan los bienaventurados en el reino de la gloria…”
El profesor Jesús Pérez Morera también rememora cómo una vez llegaban a tierra, rápidamente iban al Santuario a postrarse a los pies de “Asieta” (“ Alma Santa Inmaculada En Tedote Aparecida ”), “a darle gracias por haber podido pisar nuevamente su tierra y si el viaje había sido malo y les había azotado alguna dura tempestad, al regreso le llevaban botijas de aceite para la lámpara y hacían promesas, yendo unos desde el muelle, desnudos, de la cintura para arriba; y otros mudos, sin hablar, hasta llegar al santuario, y otros descalzos, en cumplimiento de lo que habían prometido”.
El santuario posee la colección de exvotos marineros pictóricos más completa del Archipiélago. El más antiguo lleva la fecha de 6 de mayo de 1639 (segundo más antiguo de España. El primero, fechado en 1621, se halla expuesto en la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo de la capital palmera), y los demás de 1704, 1722, 1723, 1757 y 1768. En palabras del artista e investigador palmero Alberto-José Fernández García: “todos se refieren a hechos similares y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido”. Éste de 1639 narra cómo a las once y media de la noche del 12 de mayo de ese año, la fragata capitaneada por don Luis de Miranda salió del puerto de Campeche rumbo a La Palma y quedó varada hasta el día 16: “trabajando noche Y dia para salvar las vidas y al cabo de este tiempo fue el Señor servido Y la Virgen de Las Nieves que nadara dicha fragata y fuera navegando hasta Canpeche sin peligro ninguno (…) un devoto de aquella Santa Virgen prometio colocar el portento en su milagrosa Casa”.
Los exvotos pictóricos tratan de describir, sin mayores pretensiones, y lo más claramente posible, la enfermedad o el accidente, en este caso la tempestad o el naufragio, de cuyas fatales consecuencias se han salvado milagrosamente. Unos tipos de pinturas votivas que fueron muy populares en América, encontrándose en casi todos los más importantes santuarios.
La serie de exvotos del santuario de Las Nieves llamó la atención de Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887. Su contemplación suscitó en el ilustre viajero británico el siguiente comentario: “Es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricharca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos”. El maestre de campo Don Gaspar Mateo de Acosta envió desde La Habana, el 18 de noviembre de 1704, como agradecimiento a la Virgen de La Palma por su milagrosa intersección ante el ataque argelino, la maravillosa cruz parroquial de plata, de estilo barroco.
Otra sencilla historia de 1702 nos relata cómo la nave de Nicolás Marques, habiendo partido “de este puerto rumbo a la isla de San Miguel, al llegar la noche del vigésimo sexto día de viaje, se vio envuelta en una feroz tormenta, y al divisar una estrella durante la confusión, los tripulantes invocaron a Nuestra Señora de Las Nieves y en unos instantes volvió la calma”.
De este terrible episodio naval también se ocupó fray Diego Henríquez, quien, “al historiar los milagros de Nuestra Señora de Las Nieves en 1714, describe, en el número 14, la benéfica intervención de la Virgen en aquel conflicto” . En un manuscrito que se conserva en el British Museum de Londres y que fue publicado en la magnífica obra El Arte en Canarias [Siglos XV-XIX] Una mirada retrospectiva , gracias a que el canónigo Don Santiago Cazorla León facilitó una copia del manuscrito del mencionado franciscano, se conoce cómo fue el ataque y su resolución: “… presentaron la batalla, midieron fuerzas y temiendo el christiano en lo menos robusto de las suyas lo avía de rendir el turco, acogiose al favor de Nuestra Señora de Las Nieves de su isla, imploró su auxilio, y saliendo valeroso de la riña, se entró en el puerto; Y para memoria deste beneficio, de orden del dicho capitán se puso en la capilla mayor la pintura que lo representa”.
Como abogada de todos los palmeros, la Virgen de Las Nieves fue la principal devoción que acompañó a los isleños en su arduo camino hacia las Américas; su culto está especialmente vinculado a los palmenses de ultramar y los libros de fábrica del Real Santuario están llenos de referencias a las dádivas y regalos hechas por los indianos en gratitud a la Patrona por los inmensos favores recibidos. Muchos de ellos considerados milagros. De esta manera, este santuario mariano es el templo canario que mayor volumen de platería americana atesora, de calidad y riqueza nada común. Ya en el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos. Cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes isleños, que así agradecían a la Patrona, primero, su buena travesía y segundo, su buena fortuna en Indias, considerada también como “ otro de los prodigios de la Virgen”.
Era una piadosa y común costumbre que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de nuestra Virgen, fuente importante de ingresos. Nos recuerda el profesor palmero Jesús Pérez Morera que “las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados ‘en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias' y las de 1672 los 10 reales del ‘costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna'”.
El tesoro impresionante que conforma el suntuoso joyero de la Virgen de Las Nieves - único en el Archipiélago cuya relación sería una empresa prácticamente inacabable-, está compuesto en una gran mayoría, por los regalos de los indianos. Baste decir que, a finales del XVII llegaron a existir en América dos apoderados del santuario. Nos recuerda el mismo profesor que uno se hallaba en la ciudad peruana de Lima y otro en La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el sólo objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en “ rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…”.
“ A Ella, cantada por los marinos que recibieron su favor cuando la invocaron sobre la movediza superficie del mar, le exclamaríamos: ‘¡Oh, Virgen de Las Nieves, efluvios de fe exhala nuestra alma, efluvios de amor exhala nuestro ser, que Tú, Madre de Dios, hacia Ti nos has hecho tener!'”.
LA VIRGEN, LAS PLAGAS Y LOS ELEMENTOS
En palabras del desaparecido Alberto José: “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia”.
La imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, “ bella, galana y misteriosa ”, obra gótica en la que aparecen reminiscencias del románico -la más antigua de las efigies marianas veneradas en el Archipiélago-, ha sido trasladada en sentidas rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre era el mismo: pedirle su intercesión ante las furias de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades, etc. Así sucedió el 28 de marzo de 1630, permaneciendo en El Salvador nueve días por la necesidad de agua que sufría la isla. Los atribulados palmeros imploraron su intercesión para que el cielo les trajera el agua necesaria. Nunca la Virgen abandonó a su pueblo. También volvió a estar presente en la ciudad: en 1631, 1632 y 1676 (por pertinaz sequía), en 1659 (por una plaga de langosta), y así en otras ocasiones. Los prodigios y milagros se iban sucediendo a través de los siglos. La Virgen ha descendido desde su Santuario a la ciudad en otras ocasiones desdichadas para los palmeros. Sucedió el 2 de enero de 1768 por una epidemia catarral y el 4 de junio de 1852 por liberarse del cólera morbo.
En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves en espera e implorando el remedio de la enfermedad que azotaba a los palmeros. Pérez Morera recoge en sus notas sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que se cernió sobre la Isla En el Archivo Parroquial de El Salvador ( Libro de Acaecimientos formado por el vicario Don Felipe Alfaro en 1767) extraemos el siguiente párrafo:
“ Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …”
Se continuaron con las plegarias y los ruegos a la Virgen de Las Nieves en todas y cada una de las generaciones de palmeros. Un suceso célebre fue el que ocurrió el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde se halla entronizada la preciosa imagen de la olvidada Patrona de la ciudad, Santa Águeda. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecían en toda la Isla. Milagrosamente comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un buque cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de su Reina.
En el año de 1676, el Obispo García Ximénez, que se hallaba en La Palma en una visita pastoral, coincidió con una pertinaz sequía. Testigo de excepción del profundo fervor que demostró la población de la Isla hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada de Nuestra Señora de Las Nieves se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces sin interrupción.
El día 7 de mayo de 1770 había quedado fijado que la “Virgen Morenita” regresase a su templo de la montaña, después de su preceptiva bajada de ese año acabado en cero. Previamente el día anterior, día del Patrocinio de San José, había venido la imagen del santo Patriarca desde su ermita capitalina hasta El Salvador a despedirse de la Patrona palmera. Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche”. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se lama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora”. Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas”.
Nuevamente apareció la langosta en la madrugada del día 15 de noviembre de 1844 que duró hasta marzo del siguiente año. Esto, unido a la sequía que se siguió, hizo que el año fuese sumamente estéril. Comenzó a sentirse la enfermedad de las papas, llamada vulgarmente “escarcha”, desconocida en La Palma en aquel entonces. En la primavera de 1847 hubo una gran carestía y falta de víveres, “de la que resultó haber una gran mortandad de pobres”. Después la enfermedad de las viñas asoló los campos en 1852. Siempre los caminos de La Palma, ante las calamidades, se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Otro hecho relacionado con la langosta, precisamente fue el sucedido el jueves 16 de octubre de 1659. Esta plaga entró y “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron”. Los cronistas atestiguan de cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera a Nuestra Señora de La Piedad y al glorioso Apóstol San Andrés, al glorioso San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año”. Anteriormente la plaga de langosta se habían repetido en 1811 que duró hasta el 20 de enero de 1812 dando origen a más plegarias y a otro milagro.
El 18 de junio de 1851 se experimentó, desde el amanecer, un terrible calor “que no había memoria en esta isla, habiendose subido el barómetro Reaumur a 104 grados, lo que puso a todos en la más grande consternación”. Al día siguiente era Día de Corpus y se había determinado que la procesión no saliese a la calle para evitar problemas de salud a la población. Se cuenta que muchos cirios fueron encendidos a la Virgen de Las Nieves y, finalmente, la procesión salió a la plaza “habiendo acompañado el pequeño tránsito un piquete del regimiento de Málaga, que se hallaba destacado en la ciudad”.
Las plegarias a la Virgen volvieron cuando el 27 de diciembre de 1627, a las 9 de la noche según el alcalde Lorenzo Rodríguez, “llovió en esta isla un aguacero grande con el cual cayó tanta cantidad de nieve, que se hicieron y congelaron torales tan grandes como pipas”. El pueblo, atemorizado, también rogó a Nuestra Señora por su rápida desaparición. Tengamos en cuenta que “incluso en la costa de la mar nevó en la dicha forma y en el Tejal del Barrio del Cabo se hicieron los torales que arriba digo, y en toda esta ciudad”. Así quedó reflejado en el cuaderno de noticias del archivo del Sr. Marqués de Guisla, titulado Cosas Notables.
LA VIRGEN Y LOS VOLCANES
Recordemos que, en la Bajada motivada por la erupción del volcán de San Martín de Tigalate en 1646, “ con grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas…Los vecinos truxeron en procesión a Nuestra Señora de las Nieves, imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieue con que cessó, auviendo durado algunos días”. Así lo explicó el racionero de la Catedral el doctor don Francisco Fernández Franco. En palabras del alcalde constitucional Don Juan Bautista Lorenzo: “… fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves con su rocío favorable nevó en el volcán …”. También el capitán Andrés de Valcárcel y Lugo en su obra Cosas notables: volcanes, expone: “ … hubo muchos temblores de tierra en todos estos días y los edificios parecía venían al suelo… pero hubo rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora de Las Nieves. En esta ocasión estaban los vecinos desta isla tan devotos frecuentadores de los templos que no salían de ellos.” También Félix Duarte nos narra: “… los más ancianos vierten sus lágrimas furtivas en sus humildes aposentos (…) tienen fe en la Virgen de Las Nieves. Invocan su protección pensando en ser por Ella favorecidos (…) Es conducida a la capital, en fervorosa rogativa pública. Muchedumbres de fieles la siguen, reflejando en sus rostros la ternura que su presencia les inspira (…) hasta que nieva copiosamente en las cumbres, cesa la actividad del volcán y los campesinos, contemplando la sierra salpicada de nieve que se bifurca con los rayos del sol, exclaman: «¡El rocío de la Virgen!, ¡estamos salvados!». Cuando se arrodillan ante sus plantas, en señal de gratitud, les parece oír un himno de amor cantado por los ángeles, para conmemorar las bodas del cielo y de la Tierra”.
Las erupciones volcánicas y la antiquísima y querida imagen de la Patrona Palmera sostienen una estrecha relación histórica, social, cultural y espiritual. Así, como recuerdo perpetuo de estos prodigios, existen dos cuadros en su Real Santuario, en los que su autor, en su ánimo, quiso parangonar los dos hechos milagrosos de la nieve de Nuestra Señora: el del Monte Esquilino de Roma y el del Volcán de La Palma . En los cuadros aparecen las siguientes inscripciones: “ Refugium Pecatorum. Venció al tiempo tu clemencia y para refugio nuestro delineaste con tu Nieve en el Esquilino un templo”, “Consolactrix Aflictorum: a tu presencia nevado el Mongibelo palmense celos le dio al Esquilino, nuevas glorias a Tu Nieve”.
Un testigo de la erupción de otro volcán, el de San Antonio, ocurrida en 1677, el Visitador Don Juan Pinto de Guisla, rememora el de 1646, cuando el 18 de diciembre, día de la Expectación de la Virgen: “… día que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Nuestra Señora de Las Nieves, cuya santa imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades”. En esta ocasión, los temblores de tierra han continuado causando gran temor entre la población. El peor tuvo lugar a las nueve de la mañana del 9 de enero de 1677, “de manera que el Clero se juntó a aquella hora en la parroquia donde está Nuestra Señora de Las Nieves a implorar su Patrocinio… conmovió al pueblo a muchas lágrimas”. La imagen de Asieta fue llevada hasta el Convento de las Monjas Claras “hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros la misericordia, librándonos de esta tribulación”
En octubre de 1712, el volcán del Charco azota, con sus candentes lavas, al Valle de Aridane. Es implorada la protección de la Virgen, y las proporciones del fenómeno disminuyen hasta su total extinción.
La erupción del Volcán de San Juan, acaecida en junio y julio de 1949, fue motivo para que, nuevamente, el pueblo palmero acudiera a su milagrosa “Morenita” en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la naturaleza y a pedir a que apagaran las iras del volcán. El 24 de julio la multitudinaria procesión con la Virgen salió a las siete y media de la mañana hacia Breña Alta. Después de la Santa Misa en la ermita de La Concepción, la talla fue girada hacia el volcán. Se cuenta de que, a partir de aquel instante, fue apagándose lentamente. Así, el 26 de julio, encontrándose la efigie en la capital palmera, la actividad del volcán decreció considerablemente. “Otra vez se produce la desaparición del monstruo” . El periodista palmero Don Juan Carlos Díaz Lorenzo, concluye su artículo sobre la intercesión de la Virgen de Las Nieves ante las furias de la Naturaleza: “en los días posteriores y a excepción del día 30 de julio, en el que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, en la vertiente oriental de la Isla, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro?. La devoción de la Isla así lo creyó”.
LA VIRGEN Y EL FUEGO
En aquella ocasión, el día 26 de marzo de 1770, la Virgen ya se encontraba retornando a su Santuario ascendiendo por el Barranco homónimo, en las proximidades de la “Cueva de La Virgen”, cuando “sonaron voces de ¡fuego!, ¡fuego en la ciudad!, viéndose luego humo negro que lo indicaba. Amedrentose la gente y contristáronse todos”. Las voces unánimes solicitaron la presencia de la sagrada imagen: “ de no ir la Virgen, se abrasará toda la ciudad”. Rápidamente la procesión regresó a la capital palmera “ y se hizo una deprecación” . El enorme incendio se había propagado rápidamente por el centro de la ciudad. La comitiva se paró en la Iglesia del Hospital porque se hacía desaconsejable el acceso a El Salvador por el riesgo que se corría; “de aquí se sacó y puso la Santa Imagen a vista del fuego cerca de la plaza, bajo de la torre de la iglesia”. Debido al calor sofocante que brotaba del voraz incendio, la procesión se presentó en la esquina superior de la plaza, cerca del Pósito (hoy sede de la sociedad “La Cosmológica”). Es aquí donde se hicieron más deprecaciones y sentidas rogativas. Siguiendo con la narración del alcalde constitucional Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: “ el caso verdaderamente maravilloso: el incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, para acudir a apagarlas, pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas”. Detalladamente el historiador nos relata cómo el pueblo se hallaba profundamente consternado, pero firme en sus ruegos a la “Morenita”-imagen históricamente milagrosa-, le pidieron su intercesión. Testigo del suceso, el sacerdote José Antonio Momparlé, redactó estas palabras: “Así se arruinaron catorce casas en poco más de tres horas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra algunas aunque antes habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista Nuestra Señora de Las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante”.
LA VIRGEN Y LAS EPIDEMIAS
En el año 1759 volvieron a invadir las viruelas a la Isla, y desde el 25 de agosto hasta 17 de noviembre de ese año fallecieron 81 personas, niños en su mayor parte. Las rogativas públicas ante la Patrona no se hicieron esperar. Según los cronistas, gracias a su intersección, esta epidemia se estancó milagrosamente, sin causar más muertos.
En el año 1763 se padeció en La Palma una enfermedad “al parecer epidémica, que se le designa con el nombre de ‘puntada', y como dice una partida de defunción del Libro 8, folio 61 v., que la puntada ‘andaba mezclada con sofocación'; es evidente que tal enfermedad no era otra cosa que pulmonías ”. Así narraba estos hechos Don Juan Bautista Lorenzo. Los muertos aquí ascendieron a 39 personas, desde el 25 de noviembre hasta el 18 de marzo de 1764. Nuevamente el pueblo imploró a la Virgen y la epidemia no causó más daños en la atemorizada población.
En el año 1789 volvieron las viruelas a invadir toda la Isla, desde el 17 de octubre hasta el 18 de diciembre, falleciendo sólo en la capital 145 personas, niños en su mayor parte. El mismo cronista nos relata: “ no sé ni puedo comprender cuál fue la causa, pero es lo cierto que los cadáveres de estos niños se encontraban amortajados en las puertas de los templos y aun dentro, sin saberse ni poderse averiguar quiénes eran sus padres, y llegó a tanto el escándalo que en una misma noche, se pusieron seis cadáveres en la Parroquia de El Salvador”. Así consta en el Libro nueve de Defunciones, folios del 178 al 187 inclusive. El Santuario llegó a ser un hervidero de fieles que, postrados a los pies de la venerada imagen, pidieron su intersección. Así fue.
Más epidemias sacudieron la población palmera. Por ejemplo en 1720, las viruelas causaron la muerte a 104 personas entre el 17 de abril y el 19 de junio. Pero la que fue especialmente virulenta, ya que causó nada más y nada menos que 490 personas en toda la Isla (sólo en la capital fueron 115 los fallecidos) fue la que se padeció a partir del 21 de diciembre de 1767 y duró hasta el 16 de marzo de 1788. Se le conoció como “epidemia catarral”. El pueblo de La Palma ascendió el barranco en rogativas y trajo en multitudinaria y solemne procesión a Nuestra Señora de Las Nieves el 2 de enero de 1768. Justo en ese momento, la mortandad fue decreciendo considerablemente.
El 5 de junio de 1851 se declaró el cólera morbo en Gran Canaria. Se iniciaron las novenas y rogativas ante la Virgen. El 25 de julio se trajo en procesión hasta El Salvador al Patrón de la Salud Pública, el Glorioso San Sebastián. La “Morenita” descendió nuevamente hasta la capital el 5 de junio de 1852 en acción de gracias por haberse librado esta Isla y la de Gran Canaria de esta terrible epidemia. “El 6, domingo de la Santísima Trinidad, fue la función de acción de gracias, el lunes 7 regresó a su Santuario”. Fue acompañada por un pueblo repleto de orgullo y feliz de tener a la Virgen como su Patrona y Protectora.
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JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO
SANTA CRUZ DE LA PALMA